Zhartas seguía el sendero buscando mas huellas pues por un momento le había perdido el rastro, pero muy pronto volvió a encontrarlo, era una tarde muy calurosa, una tarde de esos veranos que auspician sequía pues en muchos días no muestran indicios de nubes en el cielo, esa tarde en especial hacía un calor sofocante, pero Zhartas sabía que a pesar del calor debía continuar pues sino perdería la pista y sería casi imposible encontrarla de nuevo.
Se agacho un momento sobre el camino para seguir la pista y pudo observar que las huellas se internaban en el bosque a la derecha del camino; el bosque de la bruma, como se llamaba, era un lugar peligroso donde solo se aventuraban los valientes y los locos, pues estaba plagado de criaturas desconocidas y peligrosas, el bosque era un lugar muy antiguo, uno de los más antiguos de toda Legea, cuya característica principal era la densa niebla que aparecía repentinamente y rodeaba el bosque, y luego desaparecía tal como había llegado.
A Zhartas no le agradaba para nada la idea de entrar en el bosque pero tenía que perseguir a ese hombre y capturarlo lo más pronto posible, pues en ese momento era la única pista que tenía para llegar hasta el asesino que había buscado por mucho tiempo.
Sin pensarlo más entro en el bosque, pues sabía que a medida que transcurría el tiempo su presa se alejaba más, y en el bosque no sería nada sencillo seguir su rastro. Ese bosque no tenía ningún sendero por el cual atravesarlo, al menos hasta donde alcanzaba su vista y era un bosque con árboles muy altos y frondosos, por la apariencia de los árboles llenos de grietas, musgo cubriéndolos casi por completo y el aroma que se respiraba, daba la sensación de que el bosque de la bruma hubiera estado ahí desde el principio de la vida, se sentía un aire fresco en comparación con el camino, aunque algo pesado por la cantidad de árboles y arbustos. El aroma a madera añeja mezclada con la humedad de la niebla que estaba casi permanente, al menos en esa época del año, le daban ese toque de vejez y de misterio.
Zhartas siguió caminando un buen trecho, siguiendo ahora el más escaso rastro dejado por el perseguido, pues la visibilidad se hacía cada vez menor debido a la niebla que comenzaba a reaparecer en ese momento y a los enormes árboles que dificultaban el paso de los rayos solares. Caminó un poco más hacia el norte y divisó un pequeño claro, le pareció adecuado dirigirse hacia allí pues había perdido el rastro por un momento y quizás en ese lugar podría encontrarlo nuevamente.
No le gustaba para nada el rumbo que estaba tomando la persecución, pues a pesar del corto tiempo que llevaba en esta profesión sabía muy bien que en esa situación, en ese lugar y con ese clima, además, si por casualidad el perseguido se había percatado de su presencia, el cazador muy bien podría pasar a ser la presa.
lunes 12 de marzo de 2007
sábado 10 de marzo de 2007
Prólogo
Era la hora en que los campesinos se disponían a comer lo poco que tenían, después de regresar de una larga jornada de trabajo, la hora cuando los viajeros, cansados de su extenuante travesía, deciden entrar en una posada, buscando algo que comer y donde descansar.
El salón de la posada no era lo que muchos llamarían un lugar acogedor y cálido, vigas viejas y apolilladas sostenían el techo cubierto de telarañas, paredes bastante sucias manchadas de aceite y cerveza adornadas con pequeñas ventanas adecuadas para observar a los visitantes de la posada sin que desde afuera se pueda observar el interior, el suelo era de madera igual de vieja y apolillada que el techo y con varias marcas de quemaduras provocadas por alguna lámpara que habría caído y provocado un amago de incendio, producto de alguna pelea de las que suelen ocurrir en ese tipo de lugares, una escalera situada en el extremo oeste del salón, tan vieja como lo demás permitía el acceso a las habitaciones del segundo piso, lugar donde albergaban a los viajeros que podían pagar la cantidad solicitada por una noche de descanso y una comida. Las mesas del salón, de madera corriente, y muy maltratadas, se encontraban bastante dispersas con la intención de evitar que se escuchen las conversaciones entre unas y otras. Definitivamente era el lugar adecuado para planear las peores fechorías.
La oscuridad de la noche se filtraba dentro de la habitación, iluminada por las lámparas de aceite colocadas sobre las mesas, que emanaban una luz tenue, dándole un aire aún más lúgubre.
El hombre que atendía la barra iba de acuerdo con el ambiente de la posada, tenía una expresión de pocos amigos y un aspecto bastante desaliñado, era obeso y calvo, y el sudor le corría por el rostro y el cuello, tenía la camisa empapada completamente por el sudor y su cuerpo desprendía un olor a cerveza rancia. El lado opuesto al posadero era la muchacha que atendía las mesas, era una joven realmente bella, con una larga cabellera pelirroja como el fuego, un cuerpo bien delineado y una mirada bastante atrevida; llevaba un vestido bastante viejo pero muy limpio un delantal remendado y parchado acorde para atender al grupo de mal vivientes que solían acudir a beber por las noches. Por su belleza la muchacha debería estar en una corte y no en una posada atendiendo borrachos y viajeros, pero por su carácter estaba en el lugar adecuado.
Dos hombres muy misteriosos se habían ubicado en una de las mesas más alejadas, para evitar que otros escuchen lo que conversaban y porque el más viejo de ellos tenía especial interés en no ser reconocido, por lo que había dispuesto la lámpara en la mesa de modo tal que la luz no revelara su rostro.
Uno de los hombres de esa mesa, lanzo un saquito echo de lona, que dio varias vueltas en el aire antes de caer en la mesa, al chocar contra la mesa, la fina cuerda dorada que ataba su contenido se aflojo, dejando entrever el brillante contenido de este, la persona que estaba sentada frente al que había arrojado el saco, miró el contenido con ojos de asombro y se apresuro a guardarlo bajo su capa, para evitar la mirada de curiosos y entrometidos.
–Bien, espero que sea suficiente paga por el trabajo –pregunto el hombre que había lanzado el saquito de monedas– es más de lo que ganasteis alguna vez en tus fechorías.
Este hombre a pesar de tener muchos años encima, tenia un cuerpo musculoso y preparado para el combate, brazos robustos y manos grandes y fuertes, llenas de cicatrices producto de muchas batallas, su voz era gruesa y áspera, su rostro no podía identificarse pues llevaba una capucha que cubría la mayor parte de su cabeza y la luz de la lámpara no reflejaba sus facciones.
–No os preocupéis, déjelo todo en mis manos, conozco a la gente adecuada para el trabajo –contesto el hombre que estaba en frente del encapuchado– gente que mataría a su propia familia por una moneda y que sabe hacer bien su trabajo.
El otro hombre era sumamente delgado, una figura ideal para el trabajo que pensaba realizar; tenia la piel de color oscuro, consecuencia del clima inclemente de la región; una nariz bastante pronunciada en forma de gancho, podría decirse que era el rasgo que lo caracterizaba a no ser por la enorme cicatriz que le cruzaba en forma diagonal el ojo izquierdo; sus manos eran bastante finas y bien cuidadas para decir que eran manos trabajadoras del campo o de otro oficio honrado con el cual ganarse el pan diario, y tenía una voz grave y baja que parecía mas un susurro.
–Como ya os lo dije milord, ese trabajo es muy sencillo para la gente que conozco –murmuró el hombre delgado mientras echaba un vistazo alrededor para comprobar que nadie los escuchaba– esta gente hace muy bien su trabajo, esa molestia que lo aqueja desaparecerá, eso os lo aseguro.
–Eso espero –contestó el encapuchado que encargaba la tarea– no me gustaría enterarme que no se cumplieron mis órdenes; y como ya sabéis tampoco es bueno para la salud de los que me fallan.
– Por supuesto milord, os he entendido a la perfección, pero descuide que no fallaran –se apresuró a responder el hombre delgado con la cicatriz en el ojo, al parecer con algo de temor, por el timbre de su voz.
Dicho esto el encapuchado se levanto y se dirigió a la puerta sin voltear para evitar que le vieran el rostro. Una vez que hubo abandonado la posada el hombre con la cicatriz en el ojo que permanecía sentado en el mismo lugar, llamó a la muchacha que atendía las mesas y pidió una jarra de cerveza mientras observaba el exagerado contornear de las caderas de la muchacha que se dirigía hacia la barra.
El salón de la posada no era lo que muchos llamarían un lugar acogedor y cálido, vigas viejas y apolilladas sostenían el techo cubierto de telarañas, paredes bastante sucias manchadas de aceite y cerveza adornadas con pequeñas ventanas adecuadas para observar a los visitantes de la posada sin que desde afuera se pueda observar el interior, el suelo era de madera igual de vieja y apolillada que el techo y con varias marcas de quemaduras provocadas por alguna lámpara que habría caído y provocado un amago de incendio, producto de alguna pelea de las que suelen ocurrir en ese tipo de lugares, una escalera situada en el extremo oeste del salón, tan vieja como lo demás permitía el acceso a las habitaciones del segundo piso, lugar donde albergaban a los viajeros que podían pagar la cantidad solicitada por una noche de descanso y una comida. Las mesas del salón, de madera corriente, y muy maltratadas, se encontraban bastante dispersas con la intención de evitar que se escuchen las conversaciones entre unas y otras. Definitivamente era el lugar adecuado para planear las peores fechorías.
La oscuridad de la noche se filtraba dentro de la habitación, iluminada por las lámparas de aceite colocadas sobre las mesas, que emanaban una luz tenue, dándole un aire aún más lúgubre.
El hombre que atendía la barra iba de acuerdo con el ambiente de la posada, tenía una expresión de pocos amigos y un aspecto bastante desaliñado, era obeso y calvo, y el sudor le corría por el rostro y el cuello, tenía la camisa empapada completamente por el sudor y su cuerpo desprendía un olor a cerveza rancia. El lado opuesto al posadero era la muchacha que atendía las mesas, era una joven realmente bella, con una larga cabellera pelirroja como el fuego, un cuerpo bien delineado y una mirada bastante atrevida; llevaba un vestido bastante viejo pero muy limpio un delantal remendado y parchado acorde para atender al grupo de mal vivientes que solían acudir a beber por las noches. Por su belleza la muchacha debería estar en una corte y no en una posada atendiendo borrachos y viajeros, pero por su carácter estaba en el lugar adecuado.
Dos hombres muy misteriosos se habían ubicado en una de las mesas más alejadas, para evitar que otros escuchen lo que conversaban y porque el más viejo de ellos tenía especial interés en no ser reconocido, por lo que había dispuesto la lámpara en la mesa de modo tal que la luz no revelara su rostro.
Uno de los hombres de esa mesa, lanzo un saquito echo de lona, que dio varias vueltas en el aire antes de caer en la mesa, al chocar contra la mesa, la fina cuerda dorada que ataba su contenido se aflojo, dejando entrever el brillante contenido de este, la persona que estaba sentada frente al que había arrojado el saco, miró el contenido con ojos de asombro y se apresuro a guardarlo bajo su capa, para evitar la mirada de curiosos y entrometidos.
–Bien, espero que sea suficiente paga por el trabajo –pregunto el hombre que había lanzado el saquito de monedas– es más de lo que ganasteis alguna vez en tus fechorías.
Este hombre a pesar de tener muchos años encima, tenia un cuerpo musculoso y preparado para el combate, brazos robustos y manos grandes y fuertes, llenas de cicatrices producto de muchas batallas, su voz era gruesa y áspera, su rostro no podía identificarse pues llevaba una capucha que cubría la mayor parte de su cabeza y la luz de la lámpara no reflejaba sus facciones.
–No os preocupéis, déjelo todo en mis manos, conozco a la gente adecuada para el trabajo –contesto el hombre que estaba en frente del encapuchado– gente que mataría a su propia familia por una moneda y que sabe hacer bien su trabajo.
El otro hombre era sumamente delgado, una figura ideal para el trabajo que pensaba realizar; tenia la piel de color oscuro, consecuencia del clima inclemente de la región; una nariz bastante pronunciada en forma de gancho, podría decirse que era el rasgo que lo caracterizaba a no ser por la enorme cicatriz que le cruzaba en forma diagonal el ojo izquierdo; sus manos eran bastante finas y bien cuidadas para decir que eran manos trabajadoras del campo o de otro oficio honrado con el cual ganarse el pan diario, y tenía una voz grave y baja que parecía mas un susurro.
–Como ya os lo dije milord, ese trabajo es muy sencillo para la gente que conozco –murmuró el hombre delgado mientras echaba un vistazo alrededor para comprobar que nadie los escuchaba– esta gente hace muy bien su trabajo, esa molestia que lo aqueja desaparecerá, eso os lo aseguro.
–Eso espero –contestó el encapuchado que encargaba la tarea– no me gustaría enterarme que no se cumplieron mis órdenes; y como ya sabéis tampoco es bueno para la salud de los que me fallan.
– Por supuesto milord, os he entendido a la perfección, pero descuide que no fallaran –se apresuró a responder el hombre delgado con la cicatriz en el ojo, al parecer con algo de temor, por el timbre de su voz.
Dicho esto el encapuchado se levanto y se dirigió a la puerta sin voltear para evitar que le vieran el rostro. Una vez que hubo abandonado la posada el hombre con la cicatriz en el ojo que permanecía sentado en el mismo lugar, llamó a la muchacha que atendía las mesas y pidió una jarra de cerveza mientras observaba el exagerado contornear de las caderas de la muchacha que se dirigía hacia la barra.
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